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El escepticismo ha sido siempre un modo de ser, de pensar y de estar en el mundo caracterizado por poner en tela de juicio la posibilidad de un conocimiento seguro y permanente sobre la realidad y los valores, oponiéndose así a las tesis absolutistas y a las defensoras de la seguridad, la validez y la permanencia del conocimiento y de los principios morales.

Tanto el escepticismo, como el relativismo, supusieron una terapia saludable para combatir a los fanáticos de todo tipo y condición, una cura para los que pensaban que todo estaba dicho, descubierto o reglado de modo definitivo y para siempre.

El escepticismo negativo rechaza la posibilidad del conocimiento y, por tanto, suspende la búsqueda del mismo, proponiendo una epojé, una suspensión del juicio, lo que lleva a la misma negación de la razón, del conocimiento y de la ciencia.

Hay, sin embargo, otra manera de concebir el escepticismo, de modo positivo, y es aquella que hace de la duda, de la sospecha, del análisis, del mirar alrededor y del comparar lo que hay, el método básico de investigación para asegurarnos de que lo que encontremos en nuestra investigación tendrá ciertas garantías de permanencia y verosimilitud, siempre provisionales, y que, de paso, tales hallazgos sirvan de incentivos para seguir indagando y explorando la realidad. Este modo de proceder nos muestra que la razón puede seguir descubriendo certezas o verdades verosímiles, pero que nunca estará segura de un modo irrefutable y definitivo de haber alcanzado ni la verdad absoluta ni el conocimiento definitivo, lo que la conduce a seguir sospechando y, por tanto, construyendo modelos explicativos sobre lo que hay e inspeccionando en los misterios que nos rodean, tratando de dar sentido las preguntas que nos asaltan.

La duda cartesiana fue un ejemplo de lo que puede conseguirse tomando a ésta como método, como principio de conocimiento, y no admitiendo nada que pueda ser dudado, hasta encontrar un principio o una proposición irrefutable, inmune a la duda, que Descartes encontró en el Cogito, ergo sum, aunque no pudo o no supo salir de él, del ámbito del pensamiento, para enfrentarse, con la misma seguridad y certidumbre a la realidad del mundo.

Fueron los sofistas, en la antigua Grecia, los primeros que, al parecer, sospecharon de las verdades absolutas y del conocimiento seguro e inmutable y fue Gorgias de Leontini, de la primera generación de sofistas, junto con Protágoras, el que mejor definió esta actitud mental que concluye que nada existe, a través de sus tres célebres tesis: 1. Nada existe. 2. Si algo existiera, no podría ser conocido. 3. Si algo existente pudiese ser conocido, no podría expresarse a través del lenguaje.

En el caso de Gorgias, se niega la existencia de nada permanente en lo que concierne a lo real y al conocimiento, al declarar falsas todas las opiniones.

El término escepticismo, como tantos otros, procede el griego “sképsis”, que puede traducirse por investigación, examen, análisis, duda, y como corriente filosófica de la antigüedad, parece que se inició con Pirrón de Elis y Timón de Fliunte, y su característica principal es que rechaza la posibilidad de que se pueda encontrar un significado absoluto a lo real.

Los seguidores de Pirrón destacarán, sobre todo, por los análisis críticos de los argumentos de los dogmáticos, recogidos en los diez “tropos” de Enesidemo de Cnosos, que han llegado hasta la actualidad gracias a la actividad recopiladora de Sexto Empírico.

La irrupción del cristianismo, con su creencia y su defensa de verdades absolutas, y su dogmatismo, que anteponía la fe a la razón en la prioridad del conocimiento, llevaron a estas corrientes de pensamiento escéptico y relativista, incómodas y perturbadoras del nuevo orden político-religioso establecido y hegemónico, a ocultarse o casi desaparecer.

Resurgirán de nuevo con el Renacimiento, con la recuperación de la antigüedad clásica y la razón como elemento clave en la construcción de un saber riguroso, y con la irrupción de pensadores como Montaigne, Charron y Francisco Sánchez, que impulsaron la renovación del pensamiento filosófico que dará paso a la Modernidad, donde fue David Hume el representante de un escepticismo que, por coherencia con sus propias afirmaciones, defendía un conocimiento de lo real que no podía ir más allá del aquí y ahora de las impresiones sensoriales.

 Por Joaquín Paredes Solís

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